Lo que andamos pensando...
En una clase de Filosofía, se nos propuso leer el cuento de “Caperucita y el Lobo”, pero no la versión clásica, sino una escrita por Lief Fearn. En esta, la historia es narrada desde la perspectiva del lobo, lo que resulta sumamente interesante.
La adaptación narra la misma historia del cuento original, pero el lobo explica su punto de vista. Él cuenta que decidió darle un susto a Caperucita porque ella, camino a la casa de su abuelita, fue dañando el bosque y a los seres que habitaban allí. Así, se dirigió rápidamente a la casa de la abuelita y juntos diseñaron un plan para darle una lección a la niña. Como la versión popular fue la de Caperucita, el lobo nunca pudo contar su verdad. La abuelita, que conocía la intención del lobo, se mantuvo en silencio, por lo que a él invariablemente se lo consideró el malo del cuento. Pero, ¿qué habría pasado si desde siempre hubiéramos conocido la perspectiva de todos los que protagonizan la historia? Seguramente la historia sería otra.
Si lo pensamos, en nuestra vida cotidiana también se popularizan y se viralizan historias contadas desde un solo punto de vista, y no conocemos todas las versiones de los hechos, las situaciones o las personas. Esto nos lleva, muchas veces, a realizar juicios de valor, es decir, a fundar prejuicios (un conocimiento vulgar) sobre algo que realmente no conocemos ni comprendemos por completo.
En este sentido, la Filosofía busca que seamos capaces de tener una visión crítica de la realidad y de las cosas que nos suceden. Nos invita a no quedarnos atados a una sola versión de los hechos, sino a juzgar las situaciones y las acciones desde distintos puntos de vista para así formar nuestro propio criterio. Para fomentar esa actitud crítica, la Filosofía nos propone hacernos preguntas, no solo sobre nosotros mismos, sino también sobre la realidad social en la que vivimos. De esta manera, este cuento me interpeló y me hizo preguntarme: ¿cómo nos afectan los prejuicios en el trato diario con las personas?
Cuando hablamos de un prejuicio, entendemos que se trata de un juicio adelantado sobre algo o alguien, generalmente asociado a una connotación negativa. Sin embargo, estos prejuicios, desde mi punto de vista, también pueden manifestarse de otra manera. Por ejemplo, desde niña siempre fui “catalogada” como la niña respetuosa, buena y estudiosa, tanto en mi familia como en la escuela. Esta concepción que mis pares tenían de mí muchas veces me hacía sentir orgullosa, pero al ir creciendo, también comencé a sentir una carga, porque tenía que cumplir con las expectativas de los demás. Yo misma no me permitía fallar ni equivocarme en nada. Tenía que ser la mejor estudiante, llegar a ser abanderada, y me sentía obligada a compartir todas mis tareas, sin sentir que tenía derecho a ser un poco “egoísta” y priorizar mi bienestar y sentimientos.
Hoy en día aprendí y sigo aprendiendo que no siempre voy a ser ni el lobo ni la Caperucita, que puedo errar y volver a levantarme. Entendí que de vez en cuando es bueno pensar en uno mismo para poder afrontar el mundo de la mejor manera, sin intentar siempre complacer las expectativas de los demás, y valorarme como persona, con mis defectos y mis debilidades. Por lo tanto, así como yo, todos podemos contar nuestras historias y manifestar nuestros sentimientos, ser auténticos sin responder a los mandatos sociales que se nos imponen.

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